TO FILM THE DETAILS OF A WHITE ROOSTER


To Film the Details of a White Rooster

2014

75 archival pigment prints, display on wooden table frames, variable dimensions.

Ed. of 3 +  1 AP

 

To film the Details of a White Rooster, explores the rhetorical effects of artifice as mediator for a truth that is produced rather than merely recorded.[1] The work presents a sequence of 90 photographic prints of a white cockerel apparently being roughly handled before being killed (these are Franco’s own pictures). The small framed photos are propped up one beside the other against the wall of the exhibition space on a narrow shelf that runs around its perimeter, like portraits on a table or mantelpiece. They are taken from wide-set angles, their object off centre, as though this were a discarded sequence or a set of images that had failed to make the cut for a final version of material originally meant to be informative. By constructing a narrative broken into by a number of silences or gaps, the images operate like subliminal versions, side-readings, inaccessible to a non-mechanical eye, of what the inevitably disturbing event of a cockerel’s decapitation might be like.

At the same time, the exhibition format incorporates an irony around the aestheticized display of pain. Ensconced in sober black frames, like family photographs ranged around the furniture of a normal household, the images bespeak the uncanny readmission to culture of the records of the destruction perpetrated in its name, and likewise the domestication of images commemorating the violence and oppression which underlie all history (and of which the cockerel, lord and master of its domain, is also an allegory) through the social protocols of their preservation.

 

Registrar los detalles de un gallo blanco, explora los efectos retóricos del artificio, como mediador de una verdad más bien producida que meramente registrada . La obra presenta una secuencia de 75 impresiones fotográficas de la imagen de un gallo blanco aparentemente sometido a apremios previos a la muerte. Las fotos en pequeño formato son presentadas dentro de un marco, una tras otra sobre una pequeña repisa adosada al muro en el perímetro de la sala, al modo de retratos de mesa o chimenea. Ofrecen ángulos excedidos, descalzados de su objeto, como si se tratara de una secuencia desclasificada o de imágenes retiradas de la edición final de un material que pretendía originalmente ser informativo. Por un lado, al construir un relato entrecortado con varios silencios o lagunas, las imágenes operancomo versiones subliminales, lecturas laterales, inaccesibles para un ojo no maquinal de lo que podría ser el acontecimiento siempre inquietante de la decapitación de un gallo.

Por otra parte, el formato de exhibición incorpora el giro irónico en torno a la exhibición estetizada del dolor. Las imágenes inscritas en sobrio marco negro, al modo en que pueden estarlo las fotografías familiares sobre el mobiliario de un hogar estándar, hablan del retorno siniestro a la cultura de los registros de la destrucción perpetrada en su nombre. Así también, de la domesticación de las imágenes que rememoran la violencia y la opresión que subyace a toda historia –de las que el gallo, dueño y señor de su espacio, es también alegoría− por medio de los protocolos sociales de su conservación.